Desde el principio de la historia, los animales han sido algo más que animales.
Han sido símbolos.
Fuerza, miedo, libertad, poder, astucia, protección.
Antes incluso de que existieran las palabras, ya los usábamos para explicar el mundo.
Pinturas rupestres, mitología, heráldica, religión, arte, cultura popular, marcas.
Los animales siempre han estado ahí, representando algo que va más allá de ellos mismos.
Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos:
¿Dónde está la línea entre representar a un animal y utilizarlo?
Por qué los animales siempre han representado algo más
Los animales han sido un lenguaje universal.
No necesitaban traducción.
Un lobo no era solo un lobo.
Era peligro, independencia, clan.
Un águila no era solo un ave.
Era altura, visión, dominio.
A lo largo de la historia, hemos proyectado en los animales nuestras virtudes, nuestros miedos y nuestras aspiraciones. Los hemos convertido en metáforas porque nos ayudaban a entendernos a nosotros mismos.
Representar animales nunca fue el problema.
El problema empieza cuando dejamos de verlos como individuos.
Cuando un símbolo deja de ser inocente
En algún punto, la representación se volvió costumbre.
Y la costumbre, normalización.
Animales en espectáculos.
Animales como atracción.
Animales como decoración.
Animales como reclamo.
Cuando un símbolo se repite sin reflexión, pierde profundidad.
Y cuando pierde profundidad, es fácil olvidar que detrás del símbolo hay un ser vivo.
Aquí no se trata de señalar culpables ni de juzgar el pasado con superioridad moral. Se trata de reconocer algo sencillo: no todo uso simbólico es neutro, y no toda tradición merece mantenerse sin cuestionarse.
Representar no es lo mismo que utilizar
Aquí está una de las claves más importantes.
Representar a un animal es hablar sobre él.
Utilizarlo es hablar a través de él sin tenerlo en cuenta.
Esta diferencia fue una de las grandes aportaciones de figuras como Jane Goodall, que cambió nuestra forma de mirar a los animales no desde el espectáculo ni la utilidad, sino desde la observación y la responsabilidad.
No se trata de prohibir la creación, ni de vaciar la cultura de símbolos.
Se trata de mirar con más conciencia lo que hacemos cuando usamos animales como lenguaje.
La responsabilidad de crear con animales como imagen
Hoy los animales siguen estando por todas partes:
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en marcas
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en ilustraciones
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en moda
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en redes
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en iconografía moderna
Y eso no es, por sí mismo, algo negativo.
La pregunta no es “¿debemos dejar de hacerlo?”
La pregunta es:
¿Desde dónde lo hacemos?
¿Desde la repetición automática?
¿Desde la estética vacía?
¿O desde una mirada que reconoce que los animales no son solo recursos visuales, sino individuos con los que compartimos el planeta?
Crear con animales implica una decisión, aunque no siempre seamos conscientes de ella.
Mirar distinto no significa dejar de crear
Cuestionar no es censurar.
Reflexionar no es frenar la creatividad.
Al contrario: mirar distinto amplía las posibilidades.
Cuando dejamos de usar animales solo como decoración y empezamos a pensarlos como símbolos con peso, la creación gana profundidad. Aparece el discurso. Aparece la intención. Aparece el sentido.
No se trata de ser perfectos.
Se trata de ser conscientes.
Porque al final, la forma en la que representamos a los animales dice mucho más de nosotros que de ellos.
